Hacía años que no las tenía. La última vez que esos cristales de ácido láctico se me clavaron en los músculos, fue hace tres o cuatro años, al volver de un viaje de bajo presupuesto. Las agujetas las tenía en los muslos, y me salieron por cagar en vilo durante muchos días. Ese fue el último deporte que recuerdo haber practicado.
Hasta ayer.
Ayer estuve toda la mañana, o por lo menos un rato, tirando un boomerang, y yendo a por él.
Sí, lo sé, merezco que el boomerang vuelva y me rompa los dientes.
Tengo el brazo destrozado de tanta pasión que puse al intentar que ese diabólico engendro hiciera algo más que dar vueltas y estrellarse contra el suelo. Alguna vez hizo una leve intención de volver, o eso me pareció a mí, pero no terminó de salirme. Debe ser por la calidad del boomerang. Un todocién no creo que sea la mejor opción para comprar uno.
De momento voy a estar una temporada en reposo total. Incluso puede que tenga que dejar este maravilloso deporte.
Lo siento por los espontáneos seguidores que me acompañaron ayer en mi exhibición. Ahora podrán pasear tranquilos, pero perderán la emoción que se instaló ayer en sus vidas cuando me veían lanzar un palo raro y se cubrían la cabeza en inequívoco signo de respeto por tan elevada afición.
Tranquilos, ya buscaremos otra estupidez igual de temeraria.
Lo importante es la salud, así que, aunque me joda, el boomerang se quedará en el maletero del coche cómo mínimo hasta el 2010.
No quiero precipitarme.
