Ahora que ya estamos todos aquí, empiezo.
El otro día estaba yo en un bar tomándome un café (mentira), escuchando conversaciones ajenas (verdad), no por gusto (mentira), sino por la acumulación de experiencias a la que me dedico últimamente (verdad).
No había mucha oferta para el cotilleo. En realidad solo había una conversación, y estaba a años luz de ser suculenta. Eran unas viejecitas, o más bien una panda de viejas, hablando sobre virtud cristiana y aficiones compatibles, alrededor de una caja de bollos.
-A mí me gusta mucho la misa que dan en la tele los domingos.
-Ay, sí hija, sí, a mí también.
Murmullo de aprobación general.
Ante la perspectiva nada atractiva y, por qué no decirlo, bochornosa, de estar espiando a unas pobres jubiladas, me concentré en la madera de la barra. Tampoco obtuve ninguna información aprovechable, sin embargo, me di cuenta de que estoy en el camino correcto para aprender a dormir con los ojos abiertos. Tengo unas ganas locas de conseguirlo.
Estuve tentado de preguntar algo sobre los bollos para que me dieran uno, pero eso ya sí que me parecía rastrero. Espiarlas, mentir sobre ellas y encima gorronearlas un bollo. ¿La abyección en persona, por favor?. Sí, es aquí, hola, qué tal.
Sin embargo, empezaron a hablar de algo interesante: El carácter como pretexto para insultar a alguien, y la caridad cristiana. Una mantenía que no era caritativo mostrar tus sentimientos con franqueza cuando con ellos podías ofender a otra persona, y las demás asentían con la cabeza, ocultando lo que en realidad pensaban sobre ella.
Parece ser, que la que hablaba quería recriminar a otra algún comentario demasiado directo y para ello tenía dos opciones; o hablar de caridad cristiana, o estamparla un bollo en la cara a su oponente y gritar: "¡Métete tus opiniones por el culo, zorra!".
Creo que me fui del bar demasiado pronto. Seguro que empezaron dándose palmaditas en la espalda, y terminaron a hostia limpia.
