martes, 24 de febrero de 2009

Lo peor es que me pasó de verdad.


Mi lavadora era muy agresiva. Era capaz de eliminar manchas y capas de tejido en un programa corto cualquiera. Pero aquella vez, mi ropa fue directamente a la basura. Me quedé con ganas de meterme yo mismo en la lavadora, pero decidí darme una ducha convencional.
Mientras me frotaba y me olía la piel compulsivamente, me arrepentía de no haberme metido en la lavadora, pero lo volvía a meditar, y me decía que había tomado la decisión adecuada. La experiencia me había enseñado que no es aconsejable lavar cualquier cosa en la lavadora. A veces hay que gastarse un poco de pasta en el tinte.
Mis perros solían vomitar en la alfombra del comedor. Hacían su número de “El Exorcista” una vez cada tres meses, aproximadamente, y de manera alternativa. Es decir, al ser dos perros que vomitaban cada tres meses, se turnaban para joderme la alfombra; con lo que la frecuencia de recogida de pota verde canina con papel de cocina, arcadas, fairy y estropajo verde, pasaba a ser de una vez cada mes y medio.
Después de dos años con la misma alfombra, ya ni los perros querían vomitar en ella, así que habíamos decidido llevarla a la tintorería, hasta que una feliz idea, corroborada por mi suegro, me hizo meterla en la lavadora.
-Me quedo con ganas de meterla en la lavadora.
-Claro hombre, eso a la lavadora. Si se jode la alfombra compras otra, pero vamos, eso lo metes en la lavadora sin ningún problema. Ya está, ya está -Me dijo.
Dicho y hecho. Introduje no sin esfuerzo el conjunto de nudos de sedas, lanas vírgenes, y gatos por liebres en mi máquina de lavar, y me senté a esperar el milagro. Mi filosofía de: “de momento vamos a hacerlo así y luego ya veremos” no me ayudó nada a prever que si meter la alfombra en la lavadora me había costado esfuerzo, sacarla iba a ser una experiencia inolvidable.
Centrifugué, y optimista de mí, preparé las pinzas para tender la alfombra. Como cualquiera (excepto yo) hubiera sabido, sacar la pieza iba a ser complicado. Al intentarlo casi me llevo el tambor de la lavadora; y en otra demostración de “vamos a esperar a ver si se arregla solo”, la centrifugué de nuevo.
-Esto tiene que ser que está en una mala posición –la decía yo a mi mujer, que asentía con cara de saber lo que iba a pasar, pero sin articular palabra para no humillarme. Gracias chata.
El nuevo centrifugado no consiguió su objetivo, y la alfombra continuaba en la misma posición. Al ser la lavadora de carga superior, tirar de la alfombra resultaba muy complicado. Solución: tumbar la lavadora en el suelo. Desde esa posición, sujetando con los pies el tambor y tirando de la alfombra, blasfemé y juré como una bestia; pero todo fue en balde. Aquello no se movía. Traté de hacer palanca con unos destornilladores, y tiré de la alfombra ayudado de unos alicates, porque mis dedos de princesita no resistían el contacto de lo que parecía más esparto que lana virgen (dependiente enrollado de la tienda de alfombras, no me olvido de ti); pero la alfombra se había hecho fuerte dentro del cilindro metálico, y me decía que si quería me metiese yo, pero que ella no salía.
La cocina estaba llena del agua que había caído de la lavadora al tumbarla, yo estaba arriñonado y la lavadora estaba a puntito de joderse. La única que aguantaba bien era la alfombra. Afortunadamente nunca he sido muy constante. Si algo no te sale, déjalo y busca otra cosa. No me puse cabezón, en plan “esta puta alfombra sale por mis cojones”. Menos mal, porque esa actitud hubiera significado inevitablemente la rotura del tambor de la lavadora, el desembolso de una nueva y lo peor, bajar la lavadora vieja desde un quinto sin ascensor. Gracias carácter. Así que decidí cargarme la alfombra y salvar la lavadora. Comencé cortando trocitos de unos cuatro centímetros cuadrados con unas tijeras de podar. Además de la desesperación por tener que sacar una alfombra de dos metros y medio por dos a ese ritmo, me pillé mis preciosas manos de esteticién con las malditas tijeras de podar, y me salió una horrible y dolorosa ampolla sanguinolenta. Tanto contratiempo me tenía agotado. Miré mi caja de herramientas: unos destornilladores que compré en un todocien, tuercas, tornillos, un monedero, un sacacorchos y cuatro hierros oxidados de desconocida función. Menudo panorama. Mi única baza era el cuchillo del pan. Con paciencia y raca-raca, iba sacando trozos de un tamaño apropiado para confeccionar una muñequera, luego un pañuelo para la cabeza, etc. En fin, que cada vez iba cortando trozos más grandes, hasta que por fin salió entera. Qué agonía.
Lección aprendida tras aquella experiencia: poner a los perros en la cabeza una bolsa de plástico perpetua para retener sus verdes potas. Si los perros logran traspasar la bolsa, tirar la alfombra. Opción B: usar toallas en lugar de alfombras.