Echo otro tronco de encina a la chimenea y termino el folio 1.030 de la última novela de la Trilogía del Embotamiento. Pronto estará lista para guardarla en un cofre, verificar su autoría ante notario y dar las instrucciones precisas para su publicación después de mi muerte.
La botella de Remy Martin se acabó. Abro una de Larios 1866 y comienzo a percibir por toda la estancia un olor extraño. Como a torrezno. Un maullido histérico me confirma la procedencia del olor. He confundido al gato con un tronco de encina y le he arrojado al fuego. Menuda manera de despertarse que ha tenido el pobre felino. Suena en mi cabeza una melodía de Jerry Lee Lewis; pero más que nada es por la asociación entre la película "Gran Bola de Fuego" y mi gato corriendo en llamas por toda la buhardilla.
Sin problemas. El gato lo único que tiene ahora es calor y trasquilones. Lo jodido es cómo habré confundido a mi querida mascota con una pieza de leña...
Son las cuatro de la mañana. Me he despertado, he estirado una pata del pijama que tenía arremangada hasta más arriba de la rodilla, he encendido la luz del pasillo para comprobar que no había zonas pantanosas y me he dirigido a la cocina. He metido la taza en el microondas y he comenzado a pensar si he apagado del todo el despertador o si volverá a sonar pasados cinco minutos. He empezado a dudar si realmente había sonado la primera vez el despertador, pero un olor a cementerio nuclear y una explosión dentro del microondas me han sacado de mi reflexión. He abierto la puerta. La taza no había explotado. Ni siquiera la llegué a meter en el microondas. En su lugar he sacado lo que quedaba del despertador. Marcaba las cuatro y cinco.
Y me levanto a las siete y media.
