lunes, 27 de abril de 2009

Venía yo ayer de una tertulia literaria.

Volvía a mi casa andando.
Había dejado el coche en zona azul al lado del lugar donde se celebró la reunión. Pensé que sería buena idea volver a la mañana siguiente a buscar el coche, cuando saliese a correr. No me iba a costar nada ir corriendo desde mi casa, y volver en coche, teniendo en cuenta que iba a ser mi primer día de footing.

Igual ya ni siquiera se dice footing.

Yo qué sé.

Empecé a pensar en que no tengo zapatillas de atletismo: Supongo que valdrán unas que tengo como de skate o de concursante de fama o algo así. Fijo que valen. Como va a ser el primer día, tampoco considero oportuno ponerme unas mallas. Más que nada, por no causar un revuelo por Segovia. De momento me podré un chándal, si le encuentro, y si no, unos pantalones vaqueros cortados por las rodillas. Están cortados un poco desiguales, porque me los corté con ellos puestos, pero como iré a toda hostia corriendo por las calles, ni se notará. Pues ya está, me pongo esos pantacas y una camiseta de los Jethro Tull, por ejemplo, para ir todavía más deprisa, como huyendo del rock progresivo.

Iba yo pensando en esto del coche y el footing, mientras rozaba con un hombro las fachadas segovianas (me gusta dar un toque vintage a mis americanas), recordando los momentos estelares de la tertulia:

-¿Otro?

-Sí, pero sin hielo. ¿Y ese libro?

-No sé, se lo ha dejado uno que debe ser un intelectual.

-Podrías ponerle como soporte de la máquina de café. Quitas una de esas tazas y pones el libro.

-Ya, pero quedaría un poco asimétrico; una taza en una pata y... a ver... La Sombra del Ángel o como se llame, en la otra. Ya sabes que este bar tiene que dar una imagen.
-Mañana te traigo yo otro libro para la otra pata. O más bien cuatro, para que no se quede coja.
-Como quieras.
-Vale. Hasta luego. Apúntame esto.

-Casi prefiero que me lo pagues, aunque no me traigas el libro.

-Sí bueno, yo también preferiría ser bailarina, pero no puede ser. Nos vemos.

MADRID 3344WX, 20:10, MOSTRADOR 332.

-¡Eh, eh!, ¡oye, oye! -y avanza empujando su trollie o troli o como se escriba el puto carrito de ruedas que ha sustituído a la maleta; a punto de romper los tobillos al objeto de sus iras.
Ella solo es la vanguardia de la cola de enfurecidos que tratan de parar los pies al viajero listillo, que ha visto el cielo abierto en el mostrador que acaban de abrir: "ahora me coloco en esa ventanilla, facturo, y dejo a estos gilipollas esperando mientras me salgo a echar un piti".
Pero los pobladores de la cola no están dispuestos a tolerar al oportunista así por las buenas. A ellos también se les ocurrió colarse, pero no tuvieron huevos. Esperaron a que un intrépido tratase de ningunearles para exigir lo que disfrazan de respeto, pero que en realidad es "si yo no he podido, tú tampoco".
Mal el listillo, mal la justiciera, pero peor las compañías:
"Venga, abre un mostrador a ver si van viniendo"; "Pero si ya hay una cola de la hostia", "Da igual, tú abre solo uno de momento y luego abrimos otro, ya verás qué descojono".
Hijos de puta.