martes, 27 de octubre de 2009

Mi perro se come las uñas.

No, no me refiero a las suyas.
Sí que se pone bastante nervioso, pero nunca le he visto mordisqueándose las garras y escupiendo trozos de uña y pellejo.

Se come las uñas que me corto yo.
Como lo oís.

Con el primer "clack" del cortauñas, se escucha un trote por el pasillo.
Una bola de pelo de tres kilos viene a toda hostia tan atraido por lo que para él es un suculento manjar, que parece que estás en la cabaña de "Bailando con Lobos" cuando vienen los búfalos.
Yo intento que no se caigan muchas al suelo, más que nada porque me da miedo que el puto ansioso de mi perro se esnife una uña según va buscándolas como un loco, o se clave los puñales que tengo por uñas de los pies en el esófago. Pero siempre alguna cae, y ahí está La Bestia oliendo y chupando todo el suelo en busca de keratina o lo que cojones sea que le gusta de las uñas. Puto asqueroso. Luego le ve la gente por la calle y le toca, y "ay, qué majo, ¿muerde?", "Sí, sí muerde y se come las uñas".
La gente le ve pequeño y gordito y se creen que es un peluche; pero en realidad es pequeño porque igual es una mofeta, o una comadreja o algo chungo; y está gordo porque se come todo lo que pilla. Se me cae un ajo en la cocina, y no oigo ni el ruido contra el suelo. No digo más.

Últimamente le estoy viendo cada vez más interesado en el proceso de elaboración del "Trozo de uña servida en baldosa junto al bidé". Se me queda mirando fíjamente y le veo con intención de coger la uña al vuelo tipo frisbi (la gilipollez del disco ese); o peor, con intención de morder directamente la fuente de la que mana la uña, sustituyendo esa máquina que hace "clack".

Cualquier día este cabrón me arranca los dedos.