-Bueno y también tiene control de nosequé, faros antinoséquéhostias y...
Pero dentro de mi cabeza solo escuchaba un zumbido.
Como siempre.
¿Por qué será?
¿Seguirá dentro la abeja que se me metió en la oreja de pequeño?
Fue una especie de castigo divino.
Llevaban una hora mandándome cerrar la ventanilla del coche. Y yo ni puto caso, y venga a tocar los cojones subiendo y bajando la ventanilla.
Hasta que en una de esas, sentí un golpe en el oído y un zumbido atronador.
Instintivamente me metí el dedo en la oreja y aplasté contra mi tímpano al insecto hijo de puta que se había estrellado contra mi pabellón auditivo a ciento veinte kilómetros por hora. Igual íbamos a ochenta. O a cincuenta. Qué más da.
Entre sollozos por el dolor y también por los consabidos (y no por sabidos menos desagradables) "si te lo estoy diciendo, hijo, que pareces tonto", conseguí sacar un trozo de insecto. No era una abeja. Era algo parecido. Tenía el culo menos gordo y los colores invertidos: lo que debería ser negro, amarillo; y lo que debería ser amarillo, negro. Vosotros os estaréis preguntando cómo noté la inversión de colores, en una superficie a rayas horizontales negras y amarillas, si solamente se sustituye un color por otro.
Ya, sí bueno vale, muy bien majos; pero metéos en vuestras cosas.
Es posible que la otra mitad del insecto se refugiara en mi oído interno. Allí se construyó una prótesis para su cuerpo amputado con material extraido de un yacimiento de cera que encontró. Desde entonces, vive alimentándose de mi cerebro. Cada vez que se come un trozo, yo me encuentro mejor, y el engrendro mitad pseudoabeja, mitad cera, está cada vez más envenenado y por eso zumba como nunca.
-Muy bonito. ¿El loro se oye bien?
-Perfectamente.
-Pues vale. Me lo llevo.
Quince de abril de 2024
Hace 1 año
