En estos días de repugnante frío, se agradece una taza caliente.
-A ver dónde comemos hoy. Mira, ahí mismo.
Unos gyouza y unos ramen con roast pork. De puta madre.
-¿Cerveza? Esto... ¿Biru?
-No, sold out -y cruza los antebrazos en forma de aspa, como una auténtica power ranger.
Bueno, qué más da, que nos den un vaso de agua de esos o un té y marchando. La camarera nos acerca a una máquina expendedora. Me va indicando los precios y yo voy metiendo monedas. Salen dos tickets, se los lleva, y nos sienta en una mesa, a la espera del truco de magia que convertirá los tickets en comida. Alucinante.
Desde las diez de la mañana sin hotel. El avión no sale hasta las diez de la noche. La despedida de la noche anterior de los garitos de Shinjuku fue un poco exagerada. No sé qué tal voy a pasar el día intestinalmente hablando.
Termino mis tallarines y me dirijo al baño. El local es de estilo tradicional, así que me espero una letrina. Abro la puerta. Hilo musical. Esto empieza bien. Calefacción, lavabo retro, jabón, expendedor de toallas de papel con toallas de papel dentro, por supuesto papel higiénico, y una especie de espray fijado a la pared, que dispensa un producto limpiador del asiento. Pulsas al botón, se humedece el papel y dejas el trono listo para recibir al mismísimo emperador.
Esta es la mía. Cualquiera caga en el aeropuerto; o peor, en el avión.
Ahí voy.
Primera sensación: calor. La taza está caliente. No me refiero a ese desagradable calor que te indica que otro humano te ha precedido en la excrección; sino que la cara posterior de tus muslos no se eriza al notar el frío del plástico imitación mármol.
Gratas sensaciones.
Quince de abril de 2024
Hace 1 año
