lunes, 14 de diciembre de 2015

Escucho ofertas para protagonizar programas de aventura

Esta es la crónica de la última expedición que visitó la Cabaña y la Majada del Tío Blas. Hasta ahora, la Historia siempre ha atribuido mucho mérito a los primeros en alcanzar determinados lugares, pero la Naturaleza, por no mencionar, por sabido, el pasaje de la Biblia, ha equiparado en ocasiones a los últimos con los primeros. Por ejemplo, en el grupo amatorio que se forma en la reproducción de algunos insectos, la paternidad es del último macho que logra copular con la hembra. ¿Quién se acuerda del primero? Por este motivo, el macho que ha logrado el acoplamiento, trata por todos los medios de que ninguno más lo consiga. Aplicado al mundo de la aventura, esto significaría que podría encontrarme con montañeros armados tratando de evitar que consiguiera mi objetivo. Aún así, inicié mi camino.
La expedición estaba compuesta por mi perra y por mí mismo. Mejor sin testigos.
Fuimos en coche hasta la Puerta de Cosíos, en la pared sur de los Jardines de La Granja, y aparcamos al final de la carretera. A partir de ahí, tomamos el camino, siguiendo el muro de los Jardines, hasta la Fuente de la Plata.
A aquellas alturas ya había tenido que parar para intentar bajar alguna pulsación y recuperarme de la asfixia que el inusitado esfuerzo, y algunos pensamientos tóxicos, me provocaron. El esfuerzo, por la novedad, y los pensamientos negativos, por la costumbre, fueron recibidos por mi cuerpo y por mi mente como parte de la aventura, así que continué. Mi perra me miraba pensando en cómo se arreglaría para sacar mi teléfono móvil de mi bolsillo y marcar el número de emergencias. A los pocos segundos, ya había resuelto el problema. Se olvidaría de mi móvil y optaría por devorar mi cadáver. Mi perra es muy lista. La hija de puta. Cada vez que me paraba a respirar un poco, empezaba a traerme palos para que se los tirara, en un absurdo alarde de fuerza. Esta noche no comes.
Al llegar a la esquina de la tapia de los Jardines, seguí unos metros la pared y continué por un camino que prometía todavía más pendiente. Caballos, vacas, un ternero recién nacido que se acercaba para ver bien la nueva especie que se acercaba jadeando a su hábitat, y otros especímenes del reino animal. Había llevado mis prismáticos y pude ver, en un árbol, un ejemplar grisáceo, con el pecho rojo y un pequeño pico por nariz y boca. Creo que era un pájaro.
El camino terminó en la Fuente del Chotete. Allí llené mi cantimplora, y volví a mirar en mi mochila por si hubiera restos de alguna expedición pasada. Sin éxito. Conocía de sobra la ausencia de víveres, y aún así lo volví a comprobar. Al salir de casa, mi perra ya me lo había recriminado con la mirada:
-¿Al campo sin merienda? ¿Qué somos? ¿Runners?
Yo había pasado por alto aquel insulto, pero me sorprendió que mi perra me comparase con esa especie deportiva por la que lo único que siento es desprecio. Se podría pensar que ese desprecio es en realidad una forma de ocultar la envidia. ¿Envidia a qué? ¿A su fuerza de voluntad? ¿A su desapego? ¿A su capacidad para disfrutar sin necesitar prácticamente nada? No, no, es desprecio, no es envidia. Si fuera envidia, lo reconocería...
Desde el Chotete, seguí la pista hasta Dos Cabañas, un pequeño valle por el que discurre el Arroyo Carneros. Un paraje que me ha emocionado desde siempre. Incluso me he llegado a bañar en la poza que se forma pasado el puente de madera. Aunque reconozco que solo me bañé para hacerme la foto. Soy un cretino.
Continué subiendo, dejando a mi derecha el río, sin cruzarlo todavía. Unos minutos más de ascensión, en los que estuve pensando en volverme durante cada uno de ellos, y llegué a un claro, al final del cual continuaba el camino. No quise saber hacia dónde. La ambición y la arrogancia han llevado al traste a muchas expediciones. Preferí pecar de prudente, de vago, de gordo y de flojo, antes que andar un metro más por aquellas cuestas del demonio.
El Chozo se encontraba a la altura a la que yo me encontraba, pero al otro lado del río. Es una construcción de piedra, con unos corrales anejos. Pensé en pastores de épocas pasadas apilando aquellos pedrolos y comencé a sentir mareos. Me tuve que sentar, echar un trago de agua, volver a buscar en vano algo de comer y regañar a mi perra para que me dejase en paz con los putos palos.
Abrí la portezuela de la cabaña y asomé la cabeza. No, no es verdad. Abrí la portezuela y dejé que mi perra entrase la primera para advertirme de cualquier peligro. Ahora me siento culpable. Un momento… Ya. Ya se me ha pasado. En la cabaña no había nada. No es que esperase encontrarme con una bañera de hidromasaje, pero no sé… una chimenea… unos restos de una hoguera… no sé… algo. Pensé otra vez en los pastores. Resguardándose de las inclemencias del tiempo en aquella mísera cabaña, tratando de dormir mientras sus rebaños se apiñaban en los corrales, ajenos a los depredadores, de cuya presencia, supongo que avisarían los mastines de los pastores, que también dormían fuera. Miré a mi perra:
-No te quejes tanto por haber ido de avanzadilla a la cabaña, hija, que como mucho podrías haberte encontrado con un ratón, no como los mastines que dormían por aquí, que tenían que enfrentarse a diario con lobos, osos y hasta tigres dientes de sable…
-Ya, ya, no me cuentes tu vida.
Mi perra es superdescarada.
Me tumbé un rato en la majada. Intenté disfrutar del momento, pero sin darme cuenta me puse a pensar en otras cosas como un gilipollas. Me levanté, me crujieron las rodillas e inicié el descenso repasando mentalmente la operación de menisco a la que tarde o temprano me tendré que someter. Estuve valorando realizar yo mismo la intervención. Parece ser que te meten un tubo con una cámara, y ya lo demás lo hacen todo por ordenador. De momento podría conseguir el tubo. Si encuentro la cámara y el ordenador, me opero.
La experiencia fue positiva. Las bondades del aire libre y el ejercicio físico podrían ser ciertas. Estoy pensando en repetir la experiencia. De momento la expedición que yo lideré -diga lo que diga la desagradecida de mi perra-, sigue siendo la última, de la que existe constancia, en llegar al Chozo del Tío Blas. Tengo la intención de mantener ese registro hasta que mi rodilla aguante. Cada vez que me entere de que alguien ha subido, volveré al lugar y os lo volveré a contar. Podría convertirme en un blanco fácil de burlas. Cada vez que me encuentre a alguien por la calle, a sabiendas de mi nuevo reto, me comentará que ha estado recientemente en el Chozo del Tío Blas; lo que me obligará a subir de nuevo, mientras el gracioso de turno, estará tan tranquilo en su sofá, descojonándose de risa. Correré el riesgo.

viernes, 16 de octubre de 2015

Hoy ha sido todavía peor

Alguien, ha salido de un establecimiento despidiéndose con un "chaíto".
Cuando se ha abierto la tierra y La Bestia ha emergido con violencia para enterrar al responsable en residuo digerido; otro alguien ha respondido al "chaíto" con un "Áaaaaadios" entonado con un do-si:

Entonces, La Bestia, desconcertada, ha comenzado a dudar entre los dos posibles objetivos y, siendo consciente de que no podría convertir en muladar a los dos a la vez, ha optado por una deposición tántrica que ha colapsado sus entrañas y la ha hecho explotar; muriendo, sí, pero proporcionando un castigo adecuado a quienes se despedían de manera tan desagradable.

jueves, 1 de octubre de 2015

Hoy, de nuevo, alguien se ha despedido de otro alguien con un "hastalueguito"

Acto seguido, se ha abierto la tierra, y de sus entrañas ha salido una bestia gigantesca, de cuyas entrañas, a su vez, ha salido una enorme catarata de heces que ha aplastado al emisor de la despedida disminuida.

viernes, 10 de abril de 2015

Me estoy terminando un libro de 800 páginas.

Y le han sobrado setecientas.


Si os ponéis muy pesados os digo cuál es.

martes, 6 de enero de 2015

viernes, 16 de mayo de 2014

Vaqueros ajustados

Vuelve por donde has venido, sátiro.
Bueno, mejor quédate, que igual al final hay algo.

Carril bici. Pantalones vaqueros. Ajustados. Por el modelo, y por el sistema de tallas incompatible con el sistema de barrigas. Mayo. Calor.

Metí el plato grande. Me lo podía permitir. En mi sentido de la marcha, el carril bici describe una ligera pendiente a favor. Para contrarrestar la cuesta abajo, Dios ha establecido que en ese tramo el viento siempre soplará de cara. Si las cosas se te ponen de cara, bien; pero si es el viento el que te sopla en la cara, y vas en bici, vas jodido.

Por el camino, además de tener que bajar plato, tuve que ver una especie de trifulca entre ciclistas. Un aficionado, completamente equipado y en forma, desaparecía veloz de la escena, y otros dos aficionados, a la bici, y por su pinta, a la birra y a los pinchos, insultaban al ciclista veloz mientras uno de ellos se levantaba del suelo.

-¿Qué ha pasado? -pregunté.
-¡Que le venía empujando! -me contestó el que se mantenía en pie, con la bici entre las piernas, en referencia a su compañero recién incorporado. Y añadió-:El viejo asqueroso ese... -esta vez en referencia al ciclista veloz, que, según deduje de las palabras de mi orondo interlocutor, tenía ya una cierta edad como para andar empujando a los demás ciclistas, por muy gordos y muy lentos que sean.

Seguí mi camino mirando aviésamente a cada ciclista veloz que me encontraba, y después, se acabó el carril bici y continué por la calzada, donde continué mirando mal e insultando a cada coche que pasaba demasiado cerca de mi aura. He llegado a mi destino sano, o tan sano como he salido de casa, que igual no es mucho, y salvo; pero dentro de un rato tengo que volver a ese camino plagado de injusticias, a esa franja sin ley que es el carril bici.
Deseadme suerte.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Me han expulsado de un grupo de facebook

Lunes. 8:30 de la mañana. Me llaman al móvil. En ese momento estoy haciendo algo que requiere cierta puntería. Aún así, con la ridícula idea de que el teléfono suena porque alguien me va a dar una buena noticia, trato de contestar. Cuando estoy a punto de descolgar y decir: "¿A que no sabes qué tengo en la otra mano?", el teléfono modifica su anchura y se desliza de entre la pinza que forman mi pulgar y el resto de mis dedos. Cae. Está cayendo y lo estoy mirando mientras reprimo la actividad para la que en un principio necesité la otra mano. Cae y rebota en las rampas que conducen al pozo, y trato de capturar al pez que salta en el río, pero se escurre de nuevo y se sumerge en lo que ojalá hubiera sido agua.
A partir de ahí, se activa un protocolo de urgencia en el que se actúa y no se piensa. No me acuerdo si cuando recuperé el teléfono, accedí a mi primer impulso, que fue colocarlo bajo el grifo, o si directamente lo sequé con la toalla. Tampoco me acuerdo si después eché la toalla al cesto de la ropa sucia. Cuando llegue a casa lo hago. Bueno, hoy ya es miércoles y parece que no me he muerto, así que dejaremos la toalla balanceándose en su anilla, como un loro. Como un loro meado.
Al día siguiente tuve frente a frente a quien, aquel lunes, a las 8:30 de la madrugada, sintió la necesidad de hablar conmigo a través de unas ondas cancerígenas de radiofrecuencia.
Y fue entonces, cuando vi en su cara que el móvil había actuado en su nombre en aquel incidente.
De igual manera que cuando alguien termina una llamada y pasa la pantalla por su pecho creyendo limpiar el frontal del teléfono, pero restregando inconscientemente a su interlocutor por su cuerpo; así, quien me llamó aquel lunes, quiso bucear en lo que una vez estuvo en mi interior.

jueves, 16 de enero de 2014

HOY EMPIEZO A HACER ABDOMINALES

Para poder meter barriga con más fuerza.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

EL PREMIO HA SIDO DECLARADO DESIERTO

De las 120 obras presentadas, ninguna reúne la calidad necesaria para ser merecedora del premio, por lo que el jurado ha decidido repartirse la pasta y no andar leyendo folios encuadernados en espiral, que es un coñazo.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Y esta es mi publicación semestral

Tengo ganas de anunciar algo, pero no quiero desvelar detalles y sobre todo no quiero mentir. Corrijo: no quiero mentir en esto; en lo demás, no me importa.

jueves, 13 de diciembre de 2012

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lunes, 10 de diciembre de 2012

Cuando se me ocurra algo, lo pongo.

Iba a poner en el topic: "algo digno de ser leído", pero entonces igual tendría que cerrar el blog o incluso cortarme las manos.

martes, 4 de diciembre de 2012

Saludos

No me vuelvas a dar la mano con la palma orientada hacia el suelo. Te convierte en un gilipollas.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Reseña de "Colón nunca lo hizo,..." en La Tormenta en un vaso

La Tormenta en un vaso Colón nunca lo hizo (o por lo menos no lo contó), Santiago Carabias Editorial Talentura, Madrid, 2012. 238 pp. 16 € Miguel Baquero Al cerrar esta novela, a uno se le viene a la cabeza, salvando tampoco demasiadas distancias, el nombre de Buwoski. De hecho, este bien podría ser un título magnífico para esta novela: “Buwoski en Segovia”. Pues, en efecto, el protagonista-narrador de esta Colón nunca lo hizo… vive en la ciudad del Acueducto, aunque imagino que estarán hartos los segovianos que, a falta de apelativo a modo de seudónimo, y por no decir “la ciudad del whisky DYC”, o “la villa del cochinillo” que queda feo, se la llame así. Vive, pues, el protagonista en Segovia y es un joven harto de la rutina diaria y cansado de la grisura que un día decide, inopinadamente y contra todo lo que pueda dictar el sentido común, abandonar su mediocre trabajo y dedicarse por completo a la literatura. El problema, aunque algo menor, es que a dicho protagonista, en realidad, no le apetece demasiado escribir. Gracias a ello, esta novela, en lugar de derivar hacia un tratado metaliterario, cultureta e intelectualoide, en el peor sentido, sobre el hecho de escribir, se transforma en una novela completamente gamberra y a ratos descacharrante sobre un grupo de jóvenes, los amigos del protagonista (fácilmente identificables con aquella panda que un día no muy lejano todos tuvimos), absolutamente perdidos en la ciudad (perdón) del Acueducto. Una peña con miedo a afrontar su futuro y completamente decididos a… iba a decir “disfrutar”, pero no, sin duda la palabra adecuada es “vegetar” en el presente, escribiendo apenas cuatro líneas, preparando con desgana unas oposiciones, haciendo extras de camarero a falta de un trabajo mejor, mientras van de aquí para allá sin rumbo fijo detrás de un grupo de punk autóctono, “Los Atilanos muertos”, que tampoco es que sean muy allá, pero tienen letras como «Dicen que no sé quién ha hecho no sé qué; / se veía venir, se esperaba de él», y en general otras por el estilo que denuncian el tedio en la ciudad (perdón) del cochinillo. Una ciudad donde tampoco, si se para a pensar el protagonista, se vive tan mal. Bukowski en Segovia, dije al principio, y hay mucho del escritor del whisky DYC (creo que me he liado con los apelativos) en esta novela, por lo demás muy ágilmente contada, con un lenguaje fresco y cargado de estilo, con una espontaneidad en su justa medida y, sobre todo, con un humor muy a menudo magnífico. Hay en esta novela, Colón nunca lo hizo, como en el escritor cochinillo, una rebeldía profunda, un cinismo empapado en rabia, y esta a su vez en causticidad, contra todo aquello que rodea al autor-protagonista, un deseo ultimo de tener ese valor necesario para dejarlo todo y jugárselo a una carta… que será a buen seguro la carta perdedora. De entre tantas como hay en el mazo, casi imposible es que a uno le toque la buena. Pero aun así, jugárselo todo a una carta. Sobre todo, hay una profunda ironía contra el mundo (incluido en este mundo el autor mismo), un arraigado propósito de no plegarse a lo cómodo, de ser diferente, de huir incluso del éxito mediocre (porque hay éxitos, la mayoría, muy mediocres), de lanzarse a la vida aunque esta nos tenga reservado el rechazo. Y siempre con la cara sonriente y el cursor parpadeando para comenzar a escribir.