miércoles, 12 de marzo de 2014

Me han expulsado de un grupo de facebook

Lunes. 8:30 de la mañana. Me llaman al móvil. En ese momento estoy haciendo algo que requiere cierta puntería. Aún así, con la ridícula idea de que el teléfono suena porque alguien me va a dar una buena noticia, trato de contestar. Cuando estoy a punto de descolgar y decir: "¿A que no sabes qué tengo en la otra mano?", el teléfono modifica su anchura y se desliza de entre la pinza que forman mi pulgar y el resto de mis dedos. Cae. Está cayendo y lo estoy mirando mientras reprimo la actividad para la que en un principio necesité la otra mano. Cae y rebota en las rampas que conducen al pozo, y trato de capturar al pez que salta en el río, pero se escurre de nuevo y se sumerge en lo que ojalá hubiera sido agua.
A partir de ahí, se activa un protocolo de urgencia en el que se actúa y no se piensa. No me acuerdo si cuando recuperé el teléfono, accedí a mi primer impulso, que fue colocarlo bajo el grifo, o si directamente lo sequé con la toalla. Tampoco me acuerdo si después eché la toalla al cesto de la ropa sucia. Cuando llegue a casa lo hago. Bueno, hoy ya es miércoles y parece que no me he muerto, así que dejaremos la toalla balanceándose en su anilla, como un loro. Como un loro meado.
Al día siguiente tuve frente a frente a quien, aquel lunes, a las 8:30 de la madrugada, sintió la necesidad de hablar conmigo a través de unas ondas cancerígenas de radiofrecuencia.
Y fue entonces, cuando vi en su cara que el móvil había actuado en su nombre en aquel incidente.
De igual manera que cuando alguien termina una llamada y pasa la pantalla por su pecho creyendo limpiar el frontal del teléfono, pero restregando inconscientemente a su interlocutor por su cuerpo; así, quien me llamó aquel lunes, quiso bucear en lo que una vez estuvo en mi interior.