-¡Eh, eh!, ¡oye, oye! -y avanza empujando su trollie o troli o como se escriba el puto carrito de ruedas que ha sustituído a la maleta; a punto de romper los tobillos al objeto de sus iras.
Ella solo es la vanguardia de la cola de enfurecidos que tratan de parar los pies al viajero listillo, que ha visto el cielo abierto en el mostrador que acaban de abrir: "ahora me coloco en esa ventanilla, facturo, y dejo a estos gilipollas esperando mientras me salgo a echar un piti".
Pero los pobladores de la cola no están dispuestos a tolerar al oportunista así por las buenas. A ellos también se les ocurrió colarse, pero no tuvieron huevos. Esperaron a que un intrépido tratase de ningunearles para exigir lo que disfrazan de respeto, pero que en realidad es "si yo no he podido, tú tampoco".
Mal el listillo, mal la justiciera, pero peor las compañías:
"Venga, abre un mostrador a ver si van viniendo"; "Pero si ya hay una cola de la hostia", "Da igual, tú abre solo uno de momento y luego abrimos otro, ya verás qué descojono".
Hijos de puta.