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miércoles, 13 de mayo de 2009

La Fábula del Viejo y la Rubia

Él era un viejo.
Ella era una rubia.
Él estaba en el punto álgido del deterioro físico y mental.
Ella estaba buena. No mucho, pero tenía un empotrón.
Él tenía pasta.
Ella tenía unos vaqueros muy ajustados.
Los hijos de él se oponían a la unión.
Los hijos de ella estaban esperando para venir.
Todo el mundo pensaba que el viejo se estaba equivocando.
Todo el mundo pensaba que la rubia estaba cada vez más buena.
El viejo estaba dispuesto a perder todo su dinero.
La rubia estaba dispuesta.
Los hijos no dejaban de dar el coñazo.
El viejo les reunió a todos y les dijo:
"Igual vais a comparar el venir a verme un rato, con lo que me hace la rubia".
Los hijos se callaron la puta bocaza.
El viejo y la rubia fueron felices.
Sobre todo el viejo.
Y la rubia también, qué coño.

Fin

miércoles, 4 de febrero de 2009

Motocicletas, vacaciones, otoño.

Bueno, pues si esas son las opciones de entrada allá vamos.
Siempre me ha parecido una mierda eso de "dime tres palabras, y te hago un relato". Tampoco me gustan los relatos cortos, en los que algo tiene que empezar y acabar en ocho folios. Y lo que más odio son los microrrelatos, sobre todo en los que tienes que meter determinadas palabras o temas por huevos.
Y dicho esto...
Era otoño (con dos cojones). Las hojas de los árboles se balanceaban cadenciosamente hasta alfombrar el suelo mojado (pfff, menuda mierda).
Silvia estaba de vacaciones. La gustaban mucho las motocicletas (aquí debería dejar de escribir; y no me refiero solo a esta entrada).
Arrancó su vespa y salió a dar una vuelta con otras motos por el simple placer de conducir. Era la típica concentración de scooters. Se juntan de diez a cien frikazos, se montan en unas motos lo más iguales y antiguas posibles, se van a emborracharse a un pueblo y vuelven en manada por carreteras secundarias, confiados en evitar el control de la Guardia Civil que se merecerían.
Dentro de poco habrá concentraciones hasta de carritos de la compra. Se juntan de diez a cien amas y amos de casa. Llenan los carros en el Dia, se dan una vuelta por el barrio con los carros llenos, se reunen en un jardín, traspasan el contenido de los carritos a sus estómagos, y tiran los carros al estanque/fuente/barranco o lo que haya. El caso es joder el carrito. Total, por un euro...
Llovía, pero a Silvia no la importaba. Había instalado una pantalla de metacrilato en la parte delantera de la vespa para protegerse del viento y la lluvia. Algunos miembros del club scooterista la miraban de soslayo y hacían bromas a su costa y a la de su pantalla. Ellos no llevaban pantalla. Preferían llenar su moto de retrovisores, pegatinas y otros ridículos adornos, y joderse de frío y mojarse. Habían visto demasiadas veces Quadrophenia. Eran unos cretinos.
El pelotón de vespas, Lambrettas y otras chatarras ostentosas aparcó en batería en la puerta de un bar de barrio. Silvia tuvo que dejar su moto en otra calle. Aquellos malnacidos ni siquiera la habían dejado un sitio.
En ese momento, apareció la concentración de carritos de la compra. Ni siquiera se molestaron en aparentar un encuentro casual. Armados con enormes salchichones y latas arrojadizas, comenzaron a destrozar reliquias de 125 y 200 cc. Si había otras cilindradas, también las jodieron.
Solo quedó entera una moto. La que tenía pantalla.
Pfff.